Dios nunca realiza un acto de su providencia a medias, así como un hombre nunca fabrica medio par de tijeras. Esta frase de oro es del Dr. Gordon, y mil pasajes de las Escrituras, y diez mil incidentes en nuestra vida confirman su veracidad. Vemos con qué perfección Dios obra en la creación, y con qué exactitud hace encajar una parte con la otra, combinando la fuerza con la hermosura, la montaña con el valle, las zonas con los climas y los productos con las temporadas. Él ajusta tan bellamente la aleta del pez con el mar, el ala del pájaro con el aire, el ojo con la luz, el oído con las pulsaciones de la atmósfera y cada hueso con su coyuntura, de manera que la creación entera se convierte en una transparencia de vidrio que revela la sabiduría sin igual de Dios.

Demuestra omnipresencia en cada átomo, y revela la operación momentánea de su voluntad infinita en cada instante que se sucede a otro a través de miles de años, sin pausa, sin ningún error ni el más mínimo olvido, desde el insecto en una hoja temblorosa hasta la gigantesca órbita de los soles y sistemas planetarios. Todo es sencillamente inconcebible, y si pudiéramos verlo en su realidad total, aplanaría el intelecto con el peso arrollador de su sublimidad. Y luego piense que toda esta perfección infinita de equilibrar una parte con otra se repite una y otra vez en las inspiradas Escrituras. Éstas son como otro universo creado, donde existe una compilación y un registro infalibles de historia, biografías, preceptos, parábolas, promesas, poesías, castigos, nombres de personas, lugares y cosas.

Contienen verbos descriptivos de cada acto moral que ocurre en el Cielo, en la tierra o en el infierno. Y todo está dispuesto de manera que no contienen ni un error, ni ninguna afirmación necia o inútil. Sobrepasan por mucho a todos los libros humanos como sobrepasa el sol del mediodía a la luz de una vela, y revela mundos tan vastos de verdades intelectuales y espirituales, encadenados en cadenas doradas de hermosura desde Génesis hasta Apocalipsis, de modo que forman un universo intelectual, sobrepasando la genialidad de la creación material.

Y además de estas dos creaciones de la naturaleza y las Escrituras, hay un tercer universo de los actos providenciales de Dios, coronado con las disposiciones infalibles de la previsión de Dios.

Cada momento en la vida de cada ser humano, de todos los millones sobre la tierra, está lleno en la forma más minuciosa, sabia, delicada, amante y justa, de aquel mismo Dios que llena cada átomo de la naturaleza y cada palabra de las Escrituras con su presencia personal. Ciertamente andamos en medio de un océano sin límites de amor y supervisión divinos.

La providencia especial de Dios es una tercera Biblia, que él escribe incesantemente en la vida de sus criaturas. En las páginas de plata de cada día que corre veloz está escribiendo sus tratos con cada uno de nosotros con exactitud, amor compasivo y sabiduría paciente e imparcial. Equilibra la necesidad con los suministros, encaja la oración con la respuesta, entremezcla el dolor con el gozo y el temor con la esperanza, y une dulcemente la fe con su cumplimiento y lo sobrenatural con lo natural, y la motivación del corazón con la recompensa de la acción. Si pudiéramos ver todo como lo discierne un ángel, el panorama nos deslumbraría hasta el éxtasis.

En el mismo momento en que el ansioso corazón de Isaías se lamentaba por los defectos de su vida espiritual, diciendo: “¡Ay de mí!” clamaban los serafines—tipos de profetas glorificados—refiriéndose a la gloria de Dios, porque veían la presencia de Dios actuando por medio de cada átomo de la naturaleza y de su providencia.

Si nos tomamos un momento para pensar en silencio acerca de los tratos diarios de Dios con nosotros, y si con calidez de corazón buscamos cada pequeño síntoma de la presencia de Dios en nosotros y a nuestro alrededor, pronto nos maravillaremos cuánto descubrimos de su presencia y la perfección con que entreteje todas las cosas para nuestro bien. Nunca realiza a medias los actos de su providencia.
La misma noche que el joven Salomón oraba pidiendo sabiduría para juzgar rectamente al pueblo, una pobre madre con el corazón destrozado, de condición humilde, lloraba por su infante que otra mujer le había robado.
El mismo oído Infinito que bebió la dulce oración del joven y hermoso príncipe, al mismo instante bebió el triste llanto de una pobre madre marginada de los barrios bajos de Jerusalén. Le dio al joven príncipe la sabiduría sobrehumana para saber cómo juzgar entre las mujeres, y para resolver la disputa en cuanto a quién era la verdadera madre del niñito. El mismo Dios que vio al solitario Jacob abriéndose paso en el desierto de Siria, buscando un hogar, dispuso las cosas para que la hermosa Raquel saliera con las ovejas de su padre de manera que se encontraran junto al pozo. Cada uno no fue más que dos hemisferios de un solo pensamiento en la mente de Dios. ¿Acaso no están repletas nuestras vidas de tales complementos providenciales?

Conozco a un obrero cristiano que en cierto momento se vio rodeado de lo que, humanamente hablando, eran dificultades absolutamente imposibles de resolver. Pero se encerró con Dios, ayunando y orando intensamente que Dios le abriera cierto campo de trabajo para él. En su oración leyó el pasaje donde Asuero estuvo toda la noche desvelado en respuesta a la oración de Mardoqueo, y rogó al Señor que mantuviera a alguien desvelado toda la noche por él.

A mil doscientas millas de distancia, un caballero cristiano a quien no conocía, se desveló toda la noche orando y estudiando acerca de aquel hombre. Dios le habló al caballero en una voz clara: “Envía a ese hombre un cheque por cierta cantidad de dinero, y haz que venga aquí y trabaje contigo en una misión.”
Antes de que el cheque tuviera tiempo de llegar a aquel obrero, un vecino lo llamó y le dijo:–“He tenido un sueño, en que vi a un hombre grande, corpulento y a usted trabajando en cierta ciudad.” Siguió describiendo las personas y los lugares que había visto en su sueño, lo cual unas pocas semanas después se cumplió con total precisión.

¡Qué lentos somos para confiarle a Dios todos los detalles de la vida, así como confiamos permanentemente nuestra alma a los méritos de la sangre preciosa de Cristo! No obstante, la escritura de Dios en la pared de cada hora que pasa es tan infalible como lo es su escritura en la Biblia.
¿Es posible dividir a Dios? ¿Puede Dios ser menos infinito en sus actos providenciales que lo es en su Palabra? “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo!” Si el Espíritu Santo lo llama a trabajar en cierta obra, jamás retirará su propio llamado.

Dios no se divierte a costa de sus criaturas burlándose de las convicciones y los anhelos más profundos de su corazón. Tan ciertamente como ha hablado a su corazón llamándole a alguna esfera de trabajo, ciertamente ha preparado ese trabajo para usted en algún lugar del mundo, y en el momento preciso juntará los dos hemisferios de su providencia.

Dios nunca hace un ala para burlarse de un pobre pájaro, sino que llena un cielo azul con aire sobre el cual el ala puede volar. Hay bastante lugar en el aire para cada ala que ha sido formada. Dios no deja que la enorme águila monopolice toda la atmósfera, en cambio, cada pequeño gorrión tiene a su disposición espacio sin límites.

Cuando estamos totalmente sumergidos en la voluntad de Dios, y sólo buscamos complacerle a él, no hay criatura, ni siquiera millones multiplicados de criaturas, sean buenas o malas, que puedan interponerse en nuestro camino, ni ser un obstáculo, ni hacernos daño.

Dios se deleita en revelarse al corazón realmente humilde, de pequeñas maneras y con sorprendentes actos providenciales que los altivos no tienen ojos para ver ni fe para reconocer.
Una vez viajaba a Texas desde Carolina del Sur para trabajar en reuniones para el Señor. Tenía poco tiempo para llegar a mi destino antes del domingo, y muy poco dinero para pagar mis gastos. Cuando abordamos el tren, el conductor anunció:
–El tren con el correo de Nueva York para el sur tiene una demora de más de dos horas, y tenemos que esperarlo. Esto nos retrasaría dos horas en Birmingham, Alabama, donde debía hacer una conexión con un tren para Nueva Orleans. Al preguntarle si el tren directo a Nueva Orleans nos esperaría en Birmingham, dijo:
–No, porque ese tren siempre cumple su horario, y no espera a los trenes que llegan retrasados. Usted tendrá que pasar la noche en Birmingham. Inmediatamente me senté y recliné la cabeza contra la ventanilla, y cerrando los ojos le conté todo a mi Padre celestial—que estaba trabajando para su Hijo precioso, que yo pertenecía enteramente a su Hijo, que los intereses de su Hijo unigénito eran infinitamente mayores que los de todos los ferrocarriles, y que él veía mis escasos recursos y el poco tiempo antes del domingo.
¿Podría por favor hacer que el tren rápido a Nueva Orleans de alguna manera se demorara el mismo tiempo que nosotros? Una dulce tranquilidad embargó mi espíritu y sentí deseos de sonreír.
Cuando llegamos a Birmingham, allí estaba el largo tren esperándonos. Había sufrido una demora extraña, que les era difícil explicar, y cuando le pregunté al conductor por qué se había demorado, dijo:
–No lo sabemos, a menos que haya sido para poder recoger los pasajeros de este tren.
Le conté mi oración y dije:
–Mi deseo es que ustedes los ferroviarios pongan su confianza en el Dios viviente.

Puede usted estar seguro de que siempre se encuentra envuelto en la presencia del Espíritu Santo. Él observa cada movimiento de su ser interior, y su mano está en este preciso instante en todo en su creación. Está incesantemente encajando causas con efectos, y el espíritu interior con la circunstancia exterior, y las cosas cercanas con las cosas cientos y miles de millas de distancia.

Nada es demasiado pequeño que no note y dirija con amor. Estemos atentos a los tratos diarios de Dios con nosotros. Cuanto más atentos estemos, más lo veremos. Y más lo veamos, más lo amaremos.